Chapter 1 - Mi propio retrato
Me detuve un momento en la puerta de la capilla del tanatorio, porque lo primero que vi fui yo.
Mi cara, mi cara de setenta y siete años con el pelo blanco suelto, estaba enmarcada en madera oscura sobre una estantería de madera, rodeada de coronas de flores blancas.
Era un retrato grande, de los que se encargan para las esquelas, y yo estaba viva delante de él.
Al otro lado, de espaldas a la puerta, Raúl recibía los pésames con el pañuelo negro en la mano y la cabeza gacha, con ese dolor suyo tan bien peinado.
Junto a él estaba Leo, mi nieto, de nueve años, camisa blanca y jersey oscuro, mirando al suelo como si el suelo tuviera la culpa.
Entré sin hacer ruido con mis zapatos bajos y el abrigo viejo, con el tirante del hombro roto y la tirita en la frente, que todavía llevaba.
Fue Leo el que me vio primero.
Levantó la cabeza, se quedó parado como clavado y me agarró del brazo a su padre.
—¡Papá, la abuela! —gritó, tan fuerte que la capilla entera se calló.
Raúl frunció el ceño, convencido de que el niño había dicho una tontería, y se giró.
Entonces soltó el pañuelo.
Yo no lloré ni corrí hacia él, aunque las piernas me temblaban de los veintitrés días que llevaba escondida.
Miré a Leo, miré a mi hijo y dije la única frase que me había traído hasta allí.
—Tú intentaste matarme.
Lo dije claro, sin gritar, para que lo oyera todo el mundo que estaba de pie entre las coronas.
Raúl miró a los de al lado, a los primos, a los vecinos, y vi que entendía de golpe dónde estaba y quién lo estaba oyendo.
La seriedad se le cayó de la cara como se cae un plato.
Entonces se abalanzó sobre el retrato y arrancó el marco de la estantería de un tirón.
Leo retrocedió hacia mí, asustado, y yo lo agarré del hombro.
—¡Tenías que estar muerta! —gritó Raúl, con la voz rota, sin reconocer su propia voz.
Vi venir el golpe.
No es que pensara mucho: el cuerpo aprende cosas cuando ya le han pegado una vez.
Tiré de Leo hacia atrás, me puse delante de él y me aparté a un lado.
El marco pasó rozándome y se estrelló contra el suelo de piedra.
El cristal estalló en mil pedazos, y mi cara quedó rota en el suelo, entre las patas del marco, justo delante de mis zapatos.
Raúl no se detuvo.
Se quedó con media moldura en la mano y giró sobre sí mismo, buscándome otra vez.
Entonces la capilla se le vino encima.
Dos primos míos y un empleado del tanatorio se lanzaron sobre él y lo derribaron contra las sillas.
Oí gritos, oí a mi cuñada Pilar nombrar a todos los santos, oí a Leo llorar pegado a mi abrigo.
—¡Que llamen a la Policía Nacional! —gritó alguien al fondo.
Yo me quedé de pie, con el niño agarrado a mi cintura y los cristales de mi propio retrato a los pies.
Raúl forcejeaba en el suelo, todavía con la madera en la mano, y ya no gritaba nada.
Entonces entendí lo que venía después.
Ahora tendría que explicar por qué había estado muerta veintitrés días.